VIVIMOS EN UNA SOCIEDAD QUE NI PREMIA AL BUENO NI CASTIGA AL MALO.

Nadie asume las consecuencias de las decisiones que ha tomado, ni reconoce su responsabilidad cuando las cosas se tuercen. Lo usual en nuestra sociedad, y hay continuos ejemplos cotidianos, es señalar con insistencia la culpa ajena y airear las equivocaciones de los demás, pero nunca admitir las ocasiones en que el error nos pertenece.

Nuestras leyes están cada día más protegiendo a los denominados “malos”; malos trabajadores, malos estudiantes, malos ciudadanos y así desprotegiendo los derechos de los ciudadanos “buenos”. 

Hemos perdido el sentido de los derechos y deberes, acostumbrándonos solo a reclamar nuestros derechos.

El abuso a nuestras autoridades, nuestras instituciones, la violencia verbal que vivimos en redes sociales ya no solo se aplica a un solo sector, que antiguamente sufría de este mal, sino que es transversal, puede salir una señora humilde, en un medio de comunicación equivocándose al hablar, para inmediatamente ser reprimida, violentada en todos nuestros medios, como pasó hace una semana en un canal abierto de nuestro país. 

No más allá, vimos la semana pasada un video que se viralizó, mostrando como personas golpeaban a carabineros, que por miedo no actuaban, o delincuentes que se ríen en Cámara porque saben que en menos de 12 horas están en libertad, ya se nos hace algo común en el día a día. 

¿Qué le pasa a nuestra sociedad?, ¿vivimos en un mundo que ha cambiado?, o pasa por una transición necesaria para una transformación seria a largo plazo, diría algún filósofo optimista. 

Estamos ante una crisis de valores, de conductas y de comportamientos, y que abarca muchas dimensiones. No tiene que ver sólo con un partido político concreto, ni con un área económica definida o con un sector social. 

Estamos ante algo mucho mayor, por eso es imprescindible que salgamos de ese discurso cómodo y egoísta y que avancemos hacia una sociedad distinta, mucho más dinámica, productiva y positiva. 

Sin embargo, las complicaciones de esta tarea son enormes, dadas las características de nuestra época. Hay que tener en cuenta que hemos pasado de un entorno muy rígido, como era el de las sociedades de mitad del siglo XX, a otro, como el actual, donde las reglas son percibidas como cortapisas a unos derechos que podemos exigir en cualquier circunstancia. 

No se trata de que unos valores hayan sustituido a otros, sino de que, no hay otra norma que la que dicta nuestra voluntad. 
Hemos acabado perdiendo el sentido de la medida y creyendo que los límites a nuestros deseos no deben existir. Especialmente en los últimos años, hemos actuando como si todo fuera posible, sin preguntarnos si lo que hacíamos era bueno o malo. Y esa actitud, que se ha dejado sentir en numerosas conductas publica y privadas. 

En conclusión; no existe ninguna diferencia entre el que lo hace bien y el que lo hace mal. No premiamos al que se esfuerza ni castigamos al que no hace nada, o lo hace mal. De hecho, el inútil y el que tiene talento muchas veces cobran lo mismo, y esos sistemas hay que cambiarlos. Hace falta un cambio social radical y de forma inmediata. 

A esta sociedad no le queda otra que retomar valores del pasado, como los ligados al esfuerzo y el sacrificio. Estamos en una sociedad totalmente acomodada, en la que cuesta mucho levantarse del sofá y por eso la gente no es capaz de cambiar el canal de la televisión si no tiene el mando a distancia en la mano. Esto no puede seguir así…

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